Al acercarnos a la idea de valorar la diversidad, es necesario primero preguntarnos ¿Cómo podemos visibilizar que todos somos diferentes sin poner el foco en aquellos con discapacidad? Pareciera que, en el ámbito educativo, diferencia fuera sinónimo de discapacidad. El punto central de esta entrada es refutar la idea anterior, es decir, que diferencia no es algo que solo poseen aquellos con discapacidades, sino que es una característica de todas las personas, es decir, todos somos diferentes, y todos somos iguales en el hecho de ser diferentes. Lo clave de lo anterior es que significa que el rotular a una persona de “diferente”, además de ser tan irrelevante como rotular a una persona de “persona”, también implica enfocarse en aquello en particular que lo hace diferente, y al tratarlo como “diferente” como si no lo fuéramos todos, conlleva un trato especial que es muy susceptible a la discriminación. Centrarse en las diferencias de cada persona es clave para la educación de todos y todas, y es también el centro de la idea de valorar la diversidad en el aula, pero también hay que tener cuidado al utilizar a las personas con discapacidad como los “íconos” de la diferencia, pues puede darse a entender que solo discapacidad implica diferencia.
Para ver un ejemplo y reflexionar en torno a éste, podemos ver el cortometraje “Ian”:
El cortometraje es una historia animada argentina basada en hechos reales que cuenta la historia de Ian, un niño con parálisis que se ve excluido por los otros niños en un patio de juegos a partir de burlas o miradas descalificadoras. Finalmente, de manera simbólica sus compañeros luchan por que Ian no sea excluido del patio de juegos, y lograr disipar las barreras que le impedían participar desde sus capacidades. Notoriamente, el cortometraje no presenta diálogos, sino que se enfoca en la expresión de los personajes mediante el lenguaje corporal e imágenes metafóricas.
Lo interesante de este cortometraje es que retrata cómo la discriminación nace al momento en que los pares conciben a otro como “diferente” en contraste a ellos, que serían los “normales”. Esta lógica implica una exclusión en términos semánticos, pues se concibe a una persona como esencialmente distinta al grupo en general.
Es ilustrativo el hecho que podemos asumir que Ian no era el único niño con discapacidad del cortometraje, pues podríamos especular que su compañero de anteojos tiene algún tipo de discapacidad visual, pero en la historia él no se presenta como alguien externo al grupo, pues su diferencia no se ve acentuada por estar en el foco de los demás y ser víctima de burlas.
Podría ser interesante pensar que el cortometraje no se trata de la idea de inclusión, sino que en el tópico del bullying, aunque sean dos temas muy ligados entre sí. El hecho de usar a un personaje con discapacidad como el protagonista de una situación que retrata la aceptación de las diferencias de todos y todas, si bien visibiliza un problema real que es la mayor discriminación que suelen sufrir las personas con discapacidad, a la vez se puede pensar que revictimiza a aquellos que ya fueron victimas de discriminación al alimentar una narrativa donde, nuevamente, sólo discapacidad equivale a diferencia y sólo aceptar a éstos equivale a inclusión. Si bien lo anterior no es una crítica al cortometraje en particular, sobre todo por el hecho de ser basado en una historia real y no un ejercicio creativo, es necesario poner sobre la mesa la idea de que es difícil concebir cortometrajes sobre inclusión que no traten sobre personas con discapacidad, pues cuando ya abordan otro tipo de diferencias, pareciera que empiezan a tratar de otros temas que ya no son inclusión, pero realmente si lo son.
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